Domingo 19 de Febrero será una fecha que, a tenor de lo que se avecina en nuestro país, marcará el inicio de una nueva y silenciosa marcha de indignación colectiva hacia los gobiernos destructores del progreso.

Y es que ese domingo cualquiera de Febrero, cerca de 2 millones de españoles y españolas, en distintas ciudades de nuestra geografía, salimos y tomamos las calles al grito unánime de basta ya con el abuso de autoridad y el retroceso social del PP.


En poco más de 40 días al frente del gobierno, el Partido Popular ha fulminado de un plumazo más de tres décadas de garantías, progreso y políticas de empleo. Una nueva legislación en materia laboral que permite, de forma unilateral a las empresas y patronales, “crear el perfecto manual al uso” del mercado laboral al servicio de la patronal, donde el despido, la reducción de salarios o las facilidades para suprimir contratos o dictar turnos, horarios y complementos a sus anchas, son la base en la que se sustenta nuestro futuro laboral.

Una reforma que no por anunciada, nos acaba por sorprender. La culminación del despido gratuito, de la dictadura de la patronal o de la indefensión del trabajador/a ante las direcciones de las empresas expresan el talante y las formas de un gobierno más preocupado en satisfacer a las patronales, a las agencias de rating o los grandes poderes del país, que en generar las condiciones de creación de empleo que se espera de cualquier gobierno racional.

Las grandes organizaciones sindicales vieron las puertas del infierno abrirse de par en par con el anuncio de las medidas más “populares” de esta reforma, resumidas de forma excesivamente inocente por la titular de Trabajo, como necesarias, imprescindibles para la salvación del país y no caer en el abismo griego y obligatorias para avanzar y acercarse al mercado laboral francés, por ejemplo. Escondieron, eso sí, como si fuera la cara B de un vinilo, medidas tan indigeribles como el despido justificado y fulminante por absentismo, la posible modificación patronal de los salarios de los empleados, o la facilidad para acogerse a un ERO, solamente con que al empresario de turno no le cuadren los beneficios anuales.

Nada nos queda a trabajadores/as, ciudadanos y sufridos y castigados receptores de estas recetas de nuestra derecha patria que salir y tomar las calles, como símbolo de algo que no podrán jamás quitarnos; el espacio público. Más alto, más fuerte y con más contundencia podemos decirlo, pero especialmente, y me dirijo a aquellos ciudadanos y ciudadanas que con su gesto de dispersión de voto, de creencia en que algo divino y popular nos libraría de todos los males, han permitido que hoy vivimos, probablemente, la etapa más negra en décadas.

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