Miles de voces nos reunimos en Madrid en una gran marcha estatal, para exigir, de una vez por todas, el fin de la violencia machista y los despreciables asesinatos continuados e incontrolados, de mujeres en nuestro país.

Esta es la segunda vez en poco más de dos años, que los colectivos y entidades feministas de toda España, además de cientos de miles de mujeres y hombres que desde el anonimato, salimos a las calles a defender la dignidad y el derecho a la plena igualdad personal e individual de las mujeres. La primera vez fue el ya histórico viaje del llamado Tren de la Libertad, con el que respondíamos a un gobierno que coartó y amputó, los derechos a la libertad sexual y a decidir sobre su propio cuerpo, de las mujeres.

En esta ocasión, las diferentes violencias machistas que sufren demasiadas mujeres de todo tipo, clase y condición, conmovieron nuevamente a los mismos colectivos y grupos, al tiempo que evidenció la necesidad de que las administraciones y gobiernos tomen partido de forma clara para zanjar una de las mayores lacras sociales de nuestro tiempo; la violencia machista hacia las mujeres.

Esto no es un problema de las mujeres, que requiera soluciones procedentes de y para mujeres solamente. Los hombres tenemos el deber moral y la obligación social de no mirar para otro lado, de ser parte de la denuncia, de la prevención, de la acción de reproche y repulsa a las conductas machistas que originan tantas muertes inocentes entre nuestras conciudadanas.

Tomar conciencia colectiva (masculina claro) que las violencias machistas no son un divertimento heredado que se transmite de padres a hijos, ni son parte de nuestro bagaje por la vida, ni forman parte de nuestra definición como género, es fundamental para eliminar dichas conductas de nuestras vidas.

Como hombre feminista me sublevo contra el machismo paternalista, una forma retrograda, obsoleta, violenta y perversa, que etiqueta a las mujeres por sí mismas, como sujetos-diana de sus frustraciones, insatisfacciones y deseos inalcanzados.

El machismo representa lo peor de la especie humana, y nos demuestra que para cambiar las cosas, ellos, los machistas, deben ser los señalados por sus conductas, por una sociedad que no puede continuar siendo cómplice silenciosa de sus asesinatos.

Hoy, los hombres como yo, somos y nos hacen sentir como “diferentes” por sentir, vivir, relacionarnos, amar y compartir desde el respeto a nuestros y nuestras semejantes. Por tratar de expresar la masculinidad, no desde una visión hegemónica y encorsetada, sino desde valores como la tolerancia, la igualdad, la libertad personal y el respeto. Construimos nuevos modelos de masculinidad que puedan ser reflejo y espejo para que otros tantos entiendan que los derechos adquiridos por herencia social, también pueden ser cuestionados.

Yo estuve el 7N por convicción, decisión e implicación.

Yo estuve el 7N acompañando a las miles de mujeres anónimas que sufren por existir, por coherencia, responsabilidad social y rebeldía hacia las injusticias.

Yo estuve el 7N para demostrar que se puede cambiar los roles de la masculinidad violenta por nuevas formas corresponsables y no violentas de expresar el “ser hombre”.

Yo estuve el 7N y me encontraréis luchando junto a la mitad de nuestra sociedad que pide a gritos algo tan básico como el respeto, la dignidad y la igualdad de oportunidades.

Yo estuve y estaré en todos los 7N hasta que un gran pacto social y político ataje y ponga fin al machismo asesino.

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