Que los derechos humanos y muy especialmente la igualdad de derechos de las mujeres tengan protagonismo comunicativo, social, político o cultural, solo parece ser posible un día al año, el 8 de Marzo.

El reconocimiento a nivel mundial de esa fecha como el Día Internacional de la Mujer pone a las reivindicaciones de las mujeres por sus derechos y por la igualdad de oportunidades en todo los ámbitos en el epicentro de  todas las agendas. Remueve conciencias de unos, obliga a pensar a otros y detiene el tiempo para una gran mayoría de ellas, permitiendo que se hable de las discriminaciones que sufren desde hace siglos.

Todos los avances logrados en materia de igualdad de derechos y asunción de oportunidades, han llegado, sin excepción, de la mano del sacrificio, perseverancia y lucha de mujeres, anónimas y con apellidos, de forma individual o colectiva, pero todos (en masculino genérico) nos hemos beneficiado de su causa, su lucha y su voluntad. Porque con esos avances hemos progresado como sociedad.

Históricamente, los hombres estamos en el origen de la existencia de las discriminaciones, rechazos, injusticias y vulneración de derechos de las mujeres. No puedo entender pues, que en un mundo que compartimos por igual, mujeres y hombres, los hombres continuemos viviendo al margen de la bESTEREOTIPOS5úsqueda de unas sociedades más justas, iguales y por definición, más libres. Nuestra es pues también, la ocasión de sumarnos a la búsqueda de una solución que ande el camino de la plena igualdad y erradique las bases que el patriarcado machista ha impuesto durante siglos.

Se define el feminismo como la doctrina y movimiento social que pide para la mujer el pleno reconocimiento de unas capacidades y unos derechos que tradicionalmente han estado reservados para los hombres. A tenor de esta definición, lo tengo claro, SOY FEMINISTA.

Me declaro feminista, por qué entiendo que no se trata de un rasgo que me defina como soy, desde un sesgo identitario, como el color de la piel, si tengo o no pelo, o mi altura, entiendo el feminismo como un paso más hacia el compromiso político, la acción decidida de trabajar por lograr cambiar esas relaciones de poder que asfixian y oprimen a unas, otorgando el derecho “divino” y heredado al control, dominio y al mando a otros.

Los hombres  que apostamos por trabajar, desde y junto al feminismo, partimos del hecho que hemos aprendido a cuestionar nuestros comportamientos diarios como varones, hemos puesto en duda las herencias recibidas, los mensajes sociales derivados de los usos del género o las conductas aprendidas que nos limitan en tanto que nos estereotipan.

Hemos entendido que para cambiar siglos de historia, es básica nuestra implicación. Revertir con pequeñas acciones del día a día las desigualdades que apreciamos en nuestros entornos sociales más cercanos, replantear desde patrones igualitarios nuestros propios comportamientos en las relaciones personales o ejemplificar en nuestras vidas aquello que pregonamos, es básico para lograrlo.

Como hombres aprendemos a convivir con unos inmensos beneficios como género; económicos (cobramos de media más que las mujeres), de control y acceso al poder, sufrimos menor violencia y tenemos un mayor reconocimiento social, entre lo más evidente. Como hombre no puedo sentirme ni orgulloso ni puedo mirar de forma contemplativa como la otra mitad con la que convivo, es discriminada gracias a ello.

El momento del compromiso de los hombres llama a nuestras puertas. No podemos mantenernos como sujetos pasivos o meros observadores de una lucha no por la hegemonía, sino por la equiparación de algo tan básico y elemental como los derechos humanos, la igualdad de oportunidades y la libertad de las personas.

De verás puedes negarte a ello? Hagamos de cada dia en nuestras vidas, un 8 de marzo.

 

 

 

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